Tras veintiséis años de la tragedia de Armero, los armeritas y tolimenses recuerdan este episodio como si fuera ayer, un sin número de personas aún guardan la esperanza de reencontrarse con sus seres queridos luego de haberlos visto con vida, pocos días después de la erupción del volcán que borró la ciudad blanca de Colombia.
Ana Deisy Meneces, una de las sobrevivientes, ha vivido de cerca el drama con otros afectados de estar buscando a dos niñas hijas de su mejor amiga que fueron vistas a través de fotografías después de la catástrofe, pero ha sido infructuosa la búsqueda, "en cambio personas inescrupulosas aprovechándose del dolor y de las ganas de ver a su familiares les han sacado dinero dándoles falsas esperanzas".
Por su parte Esperanza Tovar, inspectora de Policía de Armero en 1985, recuerda como una misión que tenía que hacer en Bogotá le salvó la vida a ella y su pequeño hijo de cinco años, perdiendo en esa tragedia a sus padres, hermanos, sobrinos y otros familiares que desparecieron con los que nunca pudo volverse a reencontrar.
Este 13 de noviembre es una de las fechas que quizás reúne a más personas de todas las regiones del país y del mundo en la norteña municipalidad de Armero donde aguardan la esperanza de encontrar a algún ser querido, es el caso de Marta Devia quien llegó de Venezuela para estar en la conmemoración de este aniversario número 26 albergando en su corazón poder encontrar al menos una de las 20 personas de su familia que desaparecieron en la tragedia.
Para este aniversario se tiene prevista una misa campal que estará a cargo del párroco de la Diócesis del Norte del Tolima, monseñor José Migue Gómez, la ofrenda floral en el Campo Santo y serenata a las victimas, entre otras actividades.
Desde bien temprano las expectativas de asistencia para la conmemoración de la tragedia fueron rebasadas por la cantidad de personas que empezaron a deambular sobre la árida e inmensa planicie que esconde el recuerdo de calles y parques de la antigua Ciudad Blanca del Tolima.
La confusión crecía en los rostros de los visitantes cuando el vasto desierto y los matorrales les impedía orientarse, como le pasó a Henry Rubio, ahora casado y con una pequeña niña que se salvó esa noche porque tuvo que irse a hacer celaduría en una finca cercana a la población de Ambalema. Como miles de quienes ayer visitaron Armero, él perdió a toda su familia.
En el Parque a la Vida, donde antiguamente quedaba el parque de Los Fundadores de Armero, se reunieron la mayoría de sobrevivientes.
Otro de los lugares más concurridos fue el sitio en el que permaneció tres días agonizando la niña Omaira Sánchez y en el que se oficiaron varias misas.
El lugar quedó inundado de flores pues la romería incesante se acercaba a tocar la cruz que reposa en ese sitio, a dejarle flores y a orar.
La romería emanaba de todas partes cargando en sus manos arreglos florales, machetes, galones de agua, y buscando el lugar a donde la memoria los llevaba mientras comentaban sus recuerdos.
Era común ver rostros compungidos, asombrados y de curiosidad, tratando de hacer caber en su imaginación la noche de la avalancha cuando sobrevivieron y quedaron indefensos sobre el lodo en la más absoluta oscuridad.
LOS FANTASMAS AÚN RONDAN ARMERO
Héctor Santos recorre las ruinas de un pueblo que conoció palmo a palmo cuando trabajaba en la oficina de Planeación, a sus 19 años, y tuvo que medir las calles para levantar los planos de Armero. El sabe ubicar todavía dónde quedaban las 32 casas de Octavio Rojas, uno de los hombres más ricos del pueblo, y por supuesto, la casa de su papá, el hombre alto y moreno que siempre cree ver a la orilla de la carretera, como un fantasma.
A veces pienso que está en Estados Unidos con mis hermanas y mi mamá, y que no ha sido capaz de volver porque no resistiría ver su pueblo destruido. El es un hombre sentimental al que no le gustaría ver estas ruinas .
Pero ellas, sus dos hermanas y su mamá, también desaparecieron aquella noche del miércoles 13 de noviembre de 1985, hace una docena de años, cuando una gigantesca masa de lodo caliente y piedras sepultó de tajo a Armero, la ciudad blanca rodeada por cultivos de algodón.
Héctor alcanzó a cargar a su bebé de dos meses y corrió con su esposa para montarse en un viejo jeep Willys que pasaba cerca a su casa esa noche. Era el carro de Carlos Escobar, un vecino que se habría paso entre la multitud que corría despavorida por las calles oscuras de lo que hasta en ese momento era Armero.
El Willys esquivó en varios sitios la mole de lodo que aparecía por todas partes, tragándose gente, animales y carros y cogió por la calle que conducía al cementerio. Muchos carros trataron de llegar a esa loma, pero sólo el jeep pudo subir , cuenta Héctor.
Carlos Rojas y María Helena Peña, su esposa, los dueños del Willys lograron cargar a sus tres hijos, entre ellos una niña de 14 años que es inválida, y los montaron al carro, mientras unas 30 personas se colgaron del jeep. Todos se salvaron.
Hoy, doce años después, Carlos sigue manejando el mimo jeep Willys que adora, la única pertenencia que le quedó y con la que logró levantar nuevos negocios a punta de acarreos en Guayabal, el pueblo que pasó de ser un corregimiento de Armero, con ocho mil habitantes, a ser el municipio que acogió también un nuevo nombre para darle albergue a más de diez mil sobrevivientes.
Un nuevo sueño Armero-Guayabal, su nuevo nombre, es un pueblo con más de seis barrios construidos con los aportes de las ayudas nacionales e internacionales que llegaron durante los cinco años siguientes a la avalancha. En el Minuto de Dios, 133 familias han logrado reconstruir sus sueños y algo de sus hogares con lo que también les quedó de sus parientes.
La familia de Zoraida Guzmán es una de ellas. Esta mujer, junto con su marido, fue uno de los pocos habitantes de Armero que alcanzó a oír la última misa de cinco de la tarde que el párroco del pueblo dio en su iglesia. Ella recuerda que en el sermón el sacerdote los tranquilizó, pues la lluvia de ceniza que caía esa tarde tenía muy alterada a la población. Recuerdo que el padre dijo que eso era un fenómeno natural y que no teníamos porqué tenerle miedo , dice Zoraida.
Esa noche, hace ya doce años, Zoraida ayudaba a sus hijos con las tareas, mientras el marido veía por televisión el partido de Millonarios-Cali, cuando un ruido como el de un avión que aparece de repente, nos estremeció. Corrimos hacia la puerta de la casa pero en un momento esa avalancha nos separó. Yo di muchos tumbos entre esa masa espesa y horrible que olía a puro azufre. Me di contra una puerta en la cara y me pegué contra algo en la pierna. No había luz porque los transformadores de energía fueron los primeros que estallaron .
Después de dos días entre el lodo, un helicóptero vio el cuerpo de Zoraida que pedía ayuda con un trapo sucio que pudo recoger entre el fango. Las dos noches siguientes las pasó sobre un colchón que la avalancha le dejó cerca, mientras oía que sus hijas pedían ayuda cerca. Sus tres hijos hombres y su esposo nunca aparecieron.
Viuda y sin los tres hijos varones, vivió de la caridad durante varios meses entre Honda y Bogotá, con familiares y amigos, después de que salió del Hospital Militar, en donde estuvo tres meses por las cirugías reconstructivas que le hicieron en la cara.
Ocho meses después se inscribió en el comité de damnificados de Armero y logró una de las casas del Minuto de Dios, en Guayabal. Allí vive de una tienda de barrio en donde le vende sal, panela, azúcar y aceite a sus vecinos, las personas que como ella lograron salir con vida de aquella tragedia Pero Zoraida quiere irse de allí, porque según dice, aquí no hay fuentes de empleo y la gente no tiene plata para comprar nada, por eso quiero buscar otra vida en Ibagué .
Frente a la casa de Zoraida viven Primitiva Molina, una anciana que perdió su hijo mayor y uno de sus nietos, y las 46 reses que tenía en los potreros de Armero, y Oliva Quiceno, dos familias que no han podido recuperarse económicamente.
Doña Prima, como le dicen a la anciana, solo pudo salvar de la avalancha una becerra que vendió por algunos pesos para sobrevivir en esos días aciagos, porque su negocio de ganado nunca volvió a prosperar. Oliva, que tenía un puesto de mercancías en la plaza de Armero con la ropa que ella misma cosía, hoy vende huevos mientras que su única hija bachiller trabaja como empleada en algunas casas, pues su marido tiene cáncer de próstata.
Pero al final, como las cicatrices son los únicos recuerdos que no se borran , según dijo Dairo González, un hombre que cazaba conejos en el monte cerca a la zona por donde llegó la avalancha a la ciudad, algunos de los sobrevivientes de Armero no quieren recordar. Son hombres y mujeres que prefieren no hablar del asunto, porque los niños que se salvaron y fueron adoptados por otras familias, jamás sabrán a ciencia cierta, qué pasó.
Como aquel relojero que Zoraida vio recogiendo esa última tarde las cenizas que caían del volcán, para limpiar la mica de los relojes que ese día reparaba. El hombre nunca aparecio.
+Omaira :
A la niña Omaira Sánchez, símbolo de la tragedia de Armero, la imaginación popular ya la considera santa. Podría llegar a serlo. El tiempo lo dirá. El sitio donde murió, tras su angustiosa y mediática agonía de tres días, atrapada entre los escombros y con el agua enlodada bordeándole la boca, ha sido convertido en un santuario informal. Debajo de los cuatro árboles frondosos que le hacen sombra a la romería de turistas que a diario llega hasta allí -por curiosidad o por devoción-, hay tres paredes tupidas de placas, no menos de 3.000, con agradecimientos de fervorosos católicos por sanaciones milagrosas y favores recibidos. Por falta de espacio, también las han comenzado a colocar en el suelo. En el pozo donde murió, hay una caseta adornada con flores naturales y de plástico, con muñecas, ángeles y vírgenes; de una cuerda cuelgan camándulas, zapatos de bebé, moñas y collares. Al lado, hay una urna metálica, de color blanco, con la palabra 'peticiones', repleta de cartas con la tinta ya borroneada por la lluvia que alcanza a salpicarlas. También se levanta una tumba simbólica con las fechas de su nacimiento y su muerte (28 de agosto de 1972-16 de noviembre de 1985) y un altar repleto de veladoras en una casita de madera.
Blog evaluado con 37 artículos a Noviembre 14 de 2.011.
ResponderEliminarBuen Trabajo.
GARCIAS
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